Dos días después, aún tengo rastros de tinta en mi brazo de ese sello gigante que me pusieron. Pero me siento orgullosa de llevarlo, sí. Y es que la mayoría de gente no tiene oportunidad de entrar ahí, y eso es lo que más amo de ser periodista. En realidad fue la segunda vez que entré, pero no deja –ni dejará- de sorprenderme.
El Penal García Moreno (ahora conocido como ex Penal o Centro de rehabilitación Social de Varones n.° 1) es una de las construcciones más antiguas de Quito. Se trata de un panóptico construido originalmente para albergar 200 reos. En la actualidad, hay más de 800.
Está ubicado en San Roque, uno de esos barrios del centro de Quito que no fueron tomados en cuenta en el “centro histórico” que los gringos visitan, algo en lo que el taxista que me llevó me hizo caer en cuenta.
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| Penal García Moreno 1926 |
Entrar al penal requiere ese sello que te deja marcado por varios días. Para las mujeres un sello, para los hombres, dos. No celulares, no paraguas, no maquillajes, no cucharas: nada que pueda ser convertido en un arma es permitido. Se cruza una puerta blanca que es necesaria ser abierta por un policía adentro y otro afuera. Y se entra.
Un pasillo blanco sin ventanas y con 2 o 3 puertas abre el camino al centro del panóptico, desde donde se puede ver a todos los lados, con las puertas a los pabellones (y no encuentro ni una foto ese lugar).
En este caso, entré al pabellón c. Es oscuro y hay centenares de gente ahí dentro. Tres pisos de celdas. Los guardias dirigen rápidamente a la prensa hacia el patio. Desde afuera, es fácil ver el tamaño de las ventanas, que deben tener uno 50x50 cm, y eso explica la oscuridad dentro del pabellón.
La imagen que tiene uno de los reos es muy diferente a la actualidad. No todos tienen cara de ladrones, de esos que te asaltan con un destornillador, no. Hay muchos que podrían ser estudiantes de cualquier universidad aniñada, con sus zapatos Adidas y sus camisetas Nike. "A estos de ley les cogieron por droga", asegura mi amigo de otro medio. No lo sé, pero esa aseveración podría ser verdad.
Hay otros que sí dan miedo. Grandes y rapados, imponentes. Otros normales. ("De todo hay en la viña del señor (?)") Me perturba pensar en la vida encerrado. Levantarse todos los días y no poder salir a la calle, no poder ver a la familia, debe ser difícil, pero me perturba más pensar en que hay gente que se dedica a hacer daño a otra gente. Pero esa no es la materia de este post.
Entrar en la cárcel es entrar en otra realidad, de unas personas que ven el sol pero no la libertad. Y al salir de ahí, al caminar sin que nadi mande sobre tí, recién se puede apreciar. Más aún al ver ese sello que dice "Miércoles CRSV1".
“En los recintos carcelarios no se castiga el delito, se castiga la pobreza, porque quien no tiene dinero está preso. Por esta razón, desde esta trinchera, hemos combatido la corrupción del sistema carcelario, a aquellos malos funcionarios que estaban acostumbrados a ver al interno como una cifra económica”. Gean Carlos Aragundi


