viernes, 25 de mayo de 2012

El sello en mi brazo izquierdo

Dos días después, aún tengo rastros de tinta en mi brazo de ese sello gigante que me pusieron. Pero me siento orgullosa de llevarlo, sí. Y es que la mayoría de gente no tiene oportunidad de entrar ahí, y eso es lo que más amo de ser periodista. En realidad fue la segunda vez que entré, pero no deja –ni dejará- de sorprenderme.

El Penal García Moreno (ahora conocido como ex Penal o Centro de rehabilitación Social de Varones n.° 1) es una de las construcciones más antiguas de Quito. Se trata de un panóptico construido originalmente para albergar 200 reos. En la actualidad, hay más de 800.

Está ubicado en San Roque, uno de esos barrios del centro de Quito que no fueron tomados en cuenta en el “centro histórico” que los gringos visitan, algo en lo que el taxista que me llevó me hizo caer en cuenta.

Penal García Moreno 1926
Entrar al penal requiere ese sello que te deja marcado por varios días. Para las mujeres un sello, para los hombres, dos. No celulares, no paraguas, no maquillajes, no cucharas: nada que pueda ser convertido en un arma es permitido. Se cruza una puerta blanca que es necesaria ser abierta por un policía adentro y otro afuera. Y se entra.

Un pasillo blanco sin ventanas y con 2 o 3 puertas abre el camino al centro del panóptico, desde donde se puede ver a todos los lados, con las puertas a los pabellones (y no encuentro ni una foto ese lugar).

En este caso, entré al pabellón c. Es oscuro y hay centenares de gente ahí dentro. Tres pisos de celdas. Los guardias dirigen rápidamente a la prensa hacia el patio. Desde afuera, es fácil ver el tamaño de las ventanas, que deben tener uno 50x50 cm, y eso explica la oscuridad dentro del pabellón.

La imagen que tiene uno de los reos es muy diferente a la actualidad. No todos tienen cara de ladrones, de esos que te asaltan con un destornillador, no. Hay muchos que podrían ser estudiantes de cualquier universidad aniñada, con sus zapatos Adidas y sus camisetas Nike. "A estos de ley les cogieron por droga", asegura mi amigo de otro medio. No lo sé, pero esa aseveración podría ser verdad.

Hay otros que sí dan miedo. Grandes y rapados, imponentes. Otros normales. ("De todo hay en la viña del señor (?)") Me perturba pensar en la vida encerrado. Levantarse todos los días y no poder salir a la calle, no poder ver a la familia, debe ser difícil, pero me perturba más pensar en que hay gente que se dedica a hacer daño a otra gente. Pero esa no es la materia de este post.

Entrar en la cárcel es entrar en otra realidad, de unas personas que ven el sol pero no la libertad. Y al salir de ahí, al caminar sin que nadi mande sobre tí, recién se puede apreciar. Más aún al ver ese sello que dice "Miércoles CRSV1".
“En los recintos carcelarios no se castiga el delito, se castiga la pobreza, porque quien no tiene dinero está preso. Por esta razón, desde esta trinchera, hemos combatido la corrupción del sistema carcelario, a aquellos malos funcionarios que estaban acostumbrados a ver al interno como una cifra económica”. Gean Carlos Aragundi

miércoles, 29 de febrero de 2012

A su paso y a su pito

Quería hacer un post sobre mi reciente viaje en tren, pero me encontré con que ya se ha dicho mucho al respecto, sobre las rutas, los costos, las rieles, las estaciones, y tantas otras cosas que uno encuentra en el trayecto, así que decidí darle otro enfoque.

Viajar en tren es divertido y emocionante, creo que nadie lo puede negar, y en ese aspecto soy igual de loca y empeñada que Sheldon, de The Big Bang Theory.

Y no solo es estar en el tren, sino, para mí, la idea de desplazarse por esa ruta y por esas rieles por las que han pasado generaciones y generaciones desde que se inauguró (probablemente no son exactamente las mismas rieles).

En esa ocasión, viajé en autoferro, y el recorrido duró 30 minutos aproximadamente. Mientras veía por las ventanas ese paisaje que miles de personas deben haber visto y oía la explicación del guía de que toda la zona de Machachi era una sola hacienda, buscaba algún rostro del otro lado del vidrio.

Era aún temprano (“pero la gente del campo se despierta temprano”), y atribuí a ese factor o al clima exageradamente frío de invierno el no ver más que vacas pastando y perros que ladraban al paso y pito de mi vehículo.

Los grandes pajonales que aseguran el acercamiento al páramo no mostraban vida a mis ojos aparte de un conejo y una llama.

El guía que contaba la historia del tren, entre otras cosas, aseguró en una parte de su relato que, mientras se construía la vía, los habitantes de la ciudad de Riobamba habían protestado para que se amplíe la ruta hasta este sector, puesto que el paso del tren traía desarrollo.

En realidad, el Ecuador incomunicado entre Costa y Sierra debe haber sido duro para los comerciantes, no para las personas, pues en la Sierra no sabían lo que eran camarones y no les debe haber dolido no comerlos nunca. Sin embargo, el deseo de expansión de un producto se veía truncado por la falta de vías que unieran estas dos regiones.

En fin, el ferrocarril trajo desarrollo a su paso, y se comenzaron a crear negocios nuevos que nacieron de estas vías.

Miles de años después, y luego de habérselo abandonado durante largo tiempo, esa idea de que el tren es algo bueno sigue en los habitantes. Lo sé.



Lo supe en la ruta de regreso, cuando las personas ya estaban afuera de sus casas, en sus cultivos, y al paso del tren, dejaban por unos segundos sus actividades para mirar pasar a ese vehículo por las rieles; lo supe por los pequeños tractores que se detuvieron al pito del tren; lo supe por los niños que saludaban alegremente a nuestro paso; lo supe muy dentro de mí, supe que gran parte de mí se alegra de viajar en tren porque éste es desarrollo, así ya no se use para transportar mercadería, así los furgones nos hayan invadido, sé que el ferrocarril alegra a la gente, con su paso y con su pito.

domingo, 12 de febrero de 2012

De falsos y falsetes

Saqué 1 centavo de mi bolsillo (léase 1 penny) y me di cuenta de que es falso. Un centavo de dólar falso. Sé que es falso porque no es como los verdaderos, la mayoría, porque no tiene el brillo del cobre con el que están hechos los verdaderos peniques, y porque está abollado, incluso hundido en ciertas partes.

¿Quién se tomará el tiempo de falsificar centavos? Supongo que invierten muchísimo tiempo en lograr que sean lo más reales posibles en vez de trabajar por las buenas y ganarse esos centavos. Probablemente, no es tan rentable.

En fin, estas reflexiones sobre un centavo falso me llevan a pensar en como hay gente que vive de copiar, de copias, de copias de las copias, de falsos y falsetes.

Aquí, en Ecuador, y me atrevería a pensar que en la mayor parte de Sudamérica, no sé si por pereza, vagancia o falta de creatividad, la gente copia. No es difícil encontrar ejemplos de copias, que van desde el logo de Starbucks hasta las series de TV, pasando por carteras falsificadas y dólares en papel couché.

Los ejemplos son miles, pero, a mi parecer, se sustentan en la creencia de la gente de que son originales, o de que, como lo extranjero es mejor, puedo copiarlo para que se vea “extranjero” y la gente no se va a dar cuenta.

¿Nos menosprecian estos copistas? Tal vez no, tal vez no a la mayoría de ecuatorianos, a los que no conocen ni tienen una cámara Nikon y no han apreciado la curiosa similitud de la tipografía de su logo con la de una medicina para las hemorroides cuya publicidad se repite en el 5: Nikzon.


Sí, la k no es igual, pero yo me hubiera buscado algo más “hemorroidezco” para mis pastillas.

¿Qué clase de satisfacción te puede otorgar el saber que estás copiando, que no es tu creatividad la que trabajó en este proyecto? En casi todos los casos, debe ser la satisfacción del dinero, y la de que la gente va a pensar que eres genial por algo que no nació de tu mente: PLAGIO. La misma clase de satisfacción de copiar en un examen o de pasar un billete falso que llegó a tus manos.

Pero en el caso de productos consumibles falsificados -me refiero a las series plagiadas y carteras de diseñador falsas-, ¿qué clase de satisfacción puede traer comprarlas o verlas? Yo quiero un bolso Louis Vuitton, pero NUNCA me compraría un falso, y yo sé que los originales valen miles de dólares, pero sé que los falsos no son reales, sé que son una copia que le está haciendo daño al diseñador (aunque aumente su popularidad), sé que no tendrá los detalles del original. No me gusta engañarme.

Hago lo mismo con las series copiadas. No las veo, me indignan. Y a las que me refiero no son ecuatorianas -lo que me llevó a la conclusión inicial de que es algo sudamericano-: A corazón abierto, la Grey's Anatomy criolla. Supongo que hay gente que le parece linda la serie, interesante, muy muy muy dramática para mí, pero ¡no es producción original! Supongo que habrán pagado los derechos de copiar la serie a la ABC, pero igual, no la consumo, aunque sí vi unos capítulos solo para comprobar lo copiado que era.

En fin, todos estos casos son para mí una mezcla de pereza por trabajar y ganas de enriquecerse rápidamente. Lo es tanto falsificar dinero como comprar una cartera LV falsa para parecer pudiente, así como hacer la cartera para venderla al por mayor, hacer una serie en español copiada de una en inglés y copiar un logo. Triste realidad.

lunes, 31 de octubre de 2011

Shhhh!!

¿Quién se inventó que debe hacerse silencio en las bibliotecas?
No lo sé, pero es un hecho que se debe hacer silencio en las bibliotecas... Tampoco sé por qué resulta más fácil leer cuando hay silencio que cuando hay mucha bulla, pero en realidad, a mí no me resulta más fácil, me resulta igual. Incluso, cuando leo en medio del bullicio de un bus o en la oficina, me concentro más.
Pero hay que admitir que, si todos en la mesa de al lado de la biblioteca conversa, revisan Facebook y se ríen de las fotos de las farras pasadas, resulta insoportable.
Me pregunto: ¿cuál es la necesidad de venir a la biblioteca para revisar Facebook? El wireless de la universidad tiene alcance dentro de todo el campus... ¿por qué tienen que atormentarme mientras analizo para mi tesis?
Pensé en ser una vieja gruñona: "Cállense, estamos en una biblioteca!". Pero luego me imaginé las caras de esos estudiantes jóvenes, de primer nivel probablemente, ignorando mis quejas de 23 años -nobody likes you when you're 23-.
Opté por una solución mas cómoda: mi iPod, esa extensión de mis oídos. Lo prendí, pero la bulla pasaba a través de la voz de Andy Newfeld. Subí el volumen al tope, no más voces chillonas. La chica de al lado mío se levantó y se fue con cara de molesta. A veces pienso que la música muy alta en los audífonos no se oye afuera, pero eso es un simple autoengaño. Se habría molestado por el volumen tan alto de mi hardcore querido. No es mi culpa, no me puedo concentrar con las conversaciones sobre la farra de la semana pasada, sobre los baciles, sobre las borracheras...
Así funcionan en las bibliotecas: mi comodidad frente a la tuya, mi concentración frente a la tuya.
Egoísmo puro.
Todo porque no hay alguien que se atreva a decir "Silencio!" o a un simple shhhhhhhh!!

domingo, 23 de octubre de 2011

Tiempos violentos

Leía un artículo de Omar Ospina y me puse a pensar en algo que él planteaba y que yo me había cuestionado hace mucho tiempo: ¿quién está a cargo de traducir los nombres de las películas?
Es un tema que me ha perturbado desde que yo juraba, gracias a esas traducciones, que Steven Segal era Duro de matar (Hard to Kill), contra mi mamá, que aseguraba que era Bruce Willis (Die Hard). De hecho, las dos estábamos en lo correcto. Pero Die Hard, indeed, podría traducirse en "morir duro".

Lo perturbante es cuando las traducciones de los títulos de las películas no tienen nada que ver con el título original y le hacen perder su esencia.
Un clásico: Home Alone - Mi pobre angelito. Me pregunto de dónde sacaron lo del angelito... y Jaws - Tiburón, que a mí, me hubiera gustado más el nombre Mandíbulas.

Haciendo un pequeño research por Google, me encontré con una explicación en este blog que justifica más o menos mi sentir:
El proceso es el siguiente: se reúne la comisión encargada de dar nombre a la película, se encierran por tres días en un casa de montaña en el pirineo leones, alimentándose sólo de hojas secas de coca, cazalla y pastillitas masticables de LSD; tras tres días de concentración, dedican tres horas mas a peleas desnudos en el barro, intentando con verdadera dedicación producirse las mas horribles lesiones cerebrales a base de golpes de genitales en las cabezas; sin pasar por la ducha, limpias sus ojitos con un papel de lija fino (números 0 o 1) y a continuación visionan unos 15 segundos de la película (tomados al azar de dos momentos diferentes del film), y de ahí, y por consenso, el primero en hacer de vientre usa sus propios excrementos para escribir en un papel el título decidido, o es su caso el subtitulo a añadir.
Como ves es un método profundamente científico y que exige una gran dedicación; y de el nacen las grandes obras maestras de la titulación de películas en este país.

En esa entrada, se cita otro ejemplo claro de indignación: Brokeback Mountain - Terreno Vedado.

Pero el ejemplo que inspira este post es No Country for Old Men - Sin lugar para los débiles... ¿qué pasa por su mente el momento de traducir? Me conformaría si el título en español explicara de mejor manera la película, pero, vamos, ¿los débiles? De hecho, si yo fuera uno de los hermanos Coen, me sentiría más que ofendida con el daño al "espíritu" de mi hermoso título.
Y el segundo, y que me ofende mucho más porque es uno de mis directores preferidos, Pulp Fiction - Tiempos violentos. Yo sé que el significado del título tiene mucho que ver con muchas otras cosas y que es necesario verse la película unas 50 veces para entenderlo, pero podían hacer un mayor esfuerzo.

En realidad, no se trata de lo que escribí arriba, se trata de los distribuidores de películas, que creen que no nos pueden dejar el título original de una obra porque no vamos a entender, vamos a colapsar y no vamos a ir al cine...
No se dan cuenta que el nombre de una película ya ha pasado por todo un proceso, por miles de personas que, probablemente, se han visto la película y no solo han leído la síntesis.

Sin embargo, en este post de Cinemanía España, se explica que, de hecho, no salen tan de cualquier lado. Claro que las películas que se nombran ahí no llegan al punto de Pulp Fiction. Los nombres en español de las películas salen de un análisis, según explican varios representantes de las casa de distribución en la entrada, de un brainstorming (lluvia de ideas), o muchas veces, de la traducción textual.

Sin embargo, sigo pensando que, en muchos casos, sería preferible quedarse con el nombre original en inglés. Créanme, Kill Bill no sería lo mismo si le llamara Matar a Bill, Mato a Bill, Matando a Bill o alguna otra aberración.

martes, 10 de mayo de 2011

El ser público en Twitter

Cuando nació #santiagoperezdice me pregunté: si Santiago Pérez tuviera cuenta de Twitter, ¿le haríamos mention?.... en tal caso, ¿nos respondería?, ¿se enojaría?, ¿nos ignoraría?

No puedo dejar de preguntarme esto frente a la creciente cantidad de “personas públicas que han optado por crearse y mantener una cuenta en esta red social.

Twitter –desde mi punto de vista- es el medio libre de expresión por excelencia. Nadie te obliga a seguir a nadie, por lo que puedo elegir lo que quiero leer, y el resto puede elegir si quiere leer o no las cosas que yo escribo.

Pero, al tratarse de estas “personas públicas”, la cosa cambia. Me refiero con estas comillas a las personas que muchas otras personas conocen: personas de pantalla, de política, de medios, de farándula, de espectáculo… personas “conocidas”.
Estas personas, al ser parte de la vida pública, salir en los medios, etc., etc., están propensas a la crítica, buena Y mala, con Y sin fundamentos. Twitter, en este caso, puede ser una herramienta directa para llegar con ellas.
En la política, muchos han optado por crearse cuentas de Twitter. Tenemos a la ministra Nathalie Cely, el asambleísta Cesar Montúfar, el “ñaño”, Fernando Alvarado, Alianza País, Carlos Vera… Por otros lados, tenemos a los comunes mortales.

Pero la cuestión aquí es cómo manejar una cuenta de Twitter, y no quiero basarme en el ejemplo porque sería feíto (pero lo haré)….

Y es que Twitter permite tener contacto directo con estas personas de otro modo inalcanzables. Seamos realistas, la ministra no me va a aceptar como amiga en Facebook, ¿o sí?
Bueno, esa no es la cuentión…. vamos por partes.

Frente a una mención, hay los que nunca responden el tweets, una especie de tweetstars a los que no les importa cuántos mentions les hagan, nunca van a responder. No está del todo mal, porque están siempre propensos a la crítica (como ya lo he dicho, como cualquier persona pública lo está) y sería TODO MAL si se ponen a discutir por Twitter neciamente (y no es que nadie lo haga).
A mi parecer, esa es la una de las mejores maneras en la que este tipo de personas pueden usar su cuenta, pero, a su vez, si no van a responder nunca, ¿para qué demonios tienen Twitter?

Hay otros (@CarlosVerareal) que retwittean todo mention que se les hace. Bueno, no creo que todo, solo los que les conviene. Responden los tweets, conversan, links, fotos, etc., etc….
Tampoco una mala manera de manejar la cuenta… de hecho, creo q le desbanca a la primera (sin amor ni odio a Carlos Vera, y no es que no se pelee...).

Otros, la manejan desde el estómago. Sí, estoy hablando de la cuenta @35Pais, cuenta oficial -no sé qué tanto- del movimiento, partido, o lo que sea Alianza País, utilizada por no-sabemos-quien, que se usa solo para hacer campaña, propaganda, proselitismo y atacar a la oposición, que, muchas veces, ni siquiera les contesta.
Para mí, la forma INCORRECTA de usar su twitter, ya que se usa la cuenta casí y solamente para atacar al resto (a.k.a. Carlos Vera, César Montúfar, Janeth Hinostroza, Ana María Cañizares –¿es coincidencia que muchos sean periodistas?, no lo creo-).
Entonces, ¿cómo uso mi Twitter sin alterarme con cualquiera que me diga algo? Debe ser difícil, no digo que no, pero hay que tener la inteligencia suficiente para saber que, si estoy expuesta al público, y mucho más aún si me abro una cuenta en Twitter con la que cualquiera me puede acceder, no me voy a poner a pelear por Twitter ni me voy a portar como un twittstar.

Creo que ese es el equilibrio correcto.